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La preocupación personal...

Si hay alguna postura que perturbe a un hombre o a una mujer que sufren es la reserva, en su sentido de distanciamiento. La tragedia del ministro cristiano es que muchas personas que sienten una gran necesidad de algo, muchas que buscan un oído atento, una palabra de apoyo, un abrazo de perdón, una mano firme, una sonrisa tierna, o incluso una titubeante confesión de la incapacidad de hacer más, a menudo encuentran a sus ministros como unos hombres distantes que no quieren demasiadas complicaciones, implicaciones personales. Son incapaces, o les faltan deseos de expresar sus sentimientos y afecto, su ira, su hostilidad o su simpatía. La paradoja es que, los que quieren ser «para todos», se encuentran a sí mismos a menudo incapaces de estar cerca de nadie. Cuando todos se convierten en «mis vecinos», vale la pena preguntarse si alguien puede convertirse realmente en mi «prójimo», es decir, aquel al que siento muy cercano a mí.
Después de haber insistido tanto en la necesidad que tiene un líder de evitar que sus propios sentimientos y actitudes interfieran en una relación personal capaz de ayudar parece necesario volver a establecer los principios básicos de que nadie puede ayudar sin sentirse comprometido de algún modo, sin entrar con toda su persona en la situación penosa, sin hablar del peligro de ser dañado, herido o incluso destruido en el proceso. El principio y el final de todo liderazgo cristiano es dar la vida por los demás. Pensar en el martirio puede ser una escapatoria, si no nos damos cuenta de que el martirio significa un testimonio que empieza por el deseo de llorar con los que lloran, reír con los que ríen y de hacer que sus propias experiencias, penosas o gozosas sean capaces de convertirse en fuentes de clarificación y de comprensión.

¿Cómo aconsejaría usted a alguien que practica la homosexualidad? ¿Tiene Jesucristo alguna respuesta para él?

Todos sabemos que la homosexualidad es algo incorrecto. El mundo la denomina "enfermedad", "estilo de vida alternativa", "preferencia sexual". Pero nadie que acepte la Biblia como Palabra de Dios puede llamarla otra cosa que pecado. Pero simplemente aceptarla como pecado, probar que es mala, no resuelve nada. ¿Qué respuesta podríamos darle al hombre que se halla en esta clase de esclavitud? Yo sólo sé de una: él necesita no sólo un cambio de conducta, sino también una nueva identidad.

Lee se hundió en una silla en mi oficina mientras me relataba su historia. - "He sido homosexual durante muchos años", dijo. Habló en voz baja. Estaba visiblemente deprimido y cansado. - "Entonces hace sólo unos meses unos amigos me hablaron de Cristo. Comencé a asistir a la iglesia, y creí que ya todo había cambiado. Pero ahora hay un muchacho en la iglesia por el cual me siento atraído, y no puedo sacármelo de la mente". Su voz se quebró con emoción al hablar del dolor de su corazón, y de cómo a pesar de todos sus esfuerzos por cambiar se encontraba regresando a los mismos viejos hábitos.

- "Recapacitemos por un momento", dije, "y déjame exponer lo que es la salvación". Le expliqué qué es el evangelio: la muerte del Señor Jesucristo y cómo trató con el pecado, su resurrección por medio de la cual ahora puede darnos de su vida. Le mostré que la salvación no es nuestro esfuerzo para cambiar nuestra conducta; sino, más bien, que Dios nos hace una nueva creación. Mi primera meta era descubrir si Lee realmente era cristiano. Basado en sus respuestas, él había nacido de nuevo. En realidad había recibido a Cristo, de modo que nuestro trabajo tenía que realizarse en otras áreas.

¿Qué hace usted si es cristiano y está luchando con tentaciones y deseos que obviamente son pecaminosos? En el caso de Lee, como en la mayoría de las situaciones en la consejería, había temas que necesitaban ser clarificados.

George, Bob. Cristianismo clásico. Unilit: Miami, 1994 (1989 ed. ing.) p.111-116


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Repulsa por la controversia - John Stott

El segundo aspecto en que el espíritu del siglo XX rechaza el tema de este libro, concierne a la repulsa actual por la controversia. Esto es, se puede tolerar el dogmatismo, pero "si has de ser dogmático", dicen nuestros críticos, "por lo menos no lo divulgues. Mantente firme en tus convicciones (si insistes), pero deja que los demás tengan las suyas propias. Sé tolerante. Ocúpate de tus cosas y deja que los demás se ocupen de las suyas".

También expresa este punto de vista al instarnos a ser siempre positivos, si es necesario dogmáticamente positivos, pero evitando el ser negativos. "Defiende lo que crees", se nos dice, "pero no hables en contra de lo que creen otros". Aquellos que sostienen esto se han olvidado de los deberes del presbítero-obispo: "animar a otros con enseñanza sana" y "convencer a los que contradicen". Ni tampoco han prestado atención a lo que C. S. Lewis escribió en una carta a Dom Be de Griffiths: "Por lo que dices me gustan tus hindúes. Pero, ¿qué niegan? Siempre me he topado con ese problema en la India -encontrar alguna proposición que consideraran falsa. Pero la verdad involucra exclusiones, ¿no es así?"

Esta segunda actitud (oposición a la intolerancia) surge naturalmente de la primera. En verdad, por lo general van juntas. Es muy fácil tolerar las opiniones de otros si no tenemos convicciones definidas nosotros mismos. Pero no debemos acceder a esta forma fácil de tolerancia. Debemos distinguir entre la mente tolerante y él espíritu tolerante. El cristiano siempre debe ser tolerante en espíritu, lleno de amor, de comprensión, perdonando y soportando pacientemente a otros, pues el verdadero amor "todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta"!

La historia de las cosas

Un video que nos hace reflexionar sobre cuál es nuestra responsabilidad como cristianos frente al mundo que nos rodea...