Si hay alguna postura que perturbe a un hombre o a una mujer que sufren es la reserva, en su sentido de distanciamiento. La tragedia del ministro cristiano es que muchas personas que sienten una gran necesidad de algo, muchas que buscan un oído atento, una palabra de apoyo, un abrazo de perdón, una mano firme, una sonrisa tierna, o incluso una titubeante confesión de la incapacidad de hacer más, a menudo encuentran a sus ministros como unos hombres distantes que no quieren demasiadas complicaciones, implicaciones personales. Son incapaces, o les faltan deseos de expresar sus sentimientos y afecto, su ira, su hostilidad o su simpatía. La paradoja es que, los que quieren ser «para todos», se encuentran a sí mismos a menudo incapaces de estar cerca de nadie. Cuando todos se convierten en «mis vecinos», vale la pena preguntarse si alguien puede convertirse realmente en mi «prójimo», es decir, aquel al que siento muy cercano a mí.
Después de haber insistido tanto en la necesidad que tiene un líder de evitar que sus propios sentimientos y actitudes interfieran en una relación personal capaz de ayudar parece necesario volver a establecer los principios básicos de que nadie puede ayudar sin sentirse comprometido de algún modo, sin entrar con toda su persona en la situación penosa, sin hablar del peligro de ser dañado, herido o incluso destruido en el proceso. El principio y el final de todo liderazgo cristiano es dar la vida por los demás. Pensar en el martirio puede ser una escapatoria, si no nos damos cuenta de que el martirio significa un testimonio que empieza por el deseo de llorar con los que lloran, reír con los que ríen y de hacer que sus propias experiencias, penosas o gozosas sean capaces de convertirse en fuentes de clarificación y de comprensión.