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Por un mundo sin violencia

...Sin justicia, no hay paz. La justicia y la paz son inseparables; están indisolublemente unidas. En palabras del salmista: «El amor y la verdad se darán cita; la paz y la justicia se besarán» (Sal 85.10).






En ausencia de la justicia sólo es posible una paz espuria. La falsa seguridad de los opresores, basada en la coerción, o la modorra de los oprimidos, resultante del temor, pero no una paz real. La paz de un cementerio, o de un campo de concentración, o de un país bajo ocupación militar, pero no una paz genuina y duradera.

Shalom nunca puede ser la experiencia de una sociedad corrompida, de una sociedad materialista obsesionada por la riqueza e indiferente a la situación de los pobres, de una sociedad hedonista orientada hacia la satisfacción de necesidades creadas artificialmente y ciega al sufrimiento de las masas empobrecidas, de una sociedad de consumo entregada a la idolatría de las modas y dura frente a la miseria de los marginados, de una sociedad de desperdicio puesta al servicio de la ideología del crecimiento económico ilimitado y sin compasión por las multitudes hambrientas.

Tampoco shalom puede ser una realidad en un mundo caracterizado por la injusticia a nivel internacional, un mundo dominado por la ambición de poder político y olvidadizo de los derechos humanos, un mundo en que se arrebata el pan de la boca de los menesterosos a fin de engordar a una élite con problemas de obesidad, un mundo en que las futuras generaciones de las naciones pobres nacen ya hipotecadas por los países ricos.

La única «paz» posible en esta clase de sociedad y esta clase de mundo es la paz impuesta por los gobiernos de seguridad nacional, una paz que depende totalmente de la persecución y el exilio, el arresto arbitrario y la tortura, las desapariciones forzadas, las mutilaciones y los asesinatos, una falsa paz desafiada para una élite privilegiada, comprada con la sangre de los oprimidos, una falsa paz que los pobres aborrecen y los ricos no pueden disfrutar totalmente, una paz que amenaza destruir totalmente la civilización moderna.

Si el fruto de la justicia es la paz, el fruto de la injusticia es la violencia y el caos social, la enemistad y la inseguridad, el odio y el temor. Cada injusticia que se comete contra los pobres lleva en sí la semilla de la subversión. La justicia conduce a la vida, la injusticia desemboca en la muerte. La injusticia no es meramente una violación de los derechos humanos sino también un pecado contra el Dios vivo. Por lo tanto, quienes persisten en la injusticia se colocan bajo el juicio de Dios. «El que se burla del pobre ofende a su Creador; el que se alegra de su desgracia no quedará sin castigo» (Pr 17.5).

La manera más eficiente de trabajar contra la paz es trabajar por la injusticia. Siembra injusticia y cosecharás violencia. En palabras de Robert Kennedy, «quienes imposibilitan la revolución pacífica, hacen inevitable la revolución violenta».

Dondequiera, cuando explota la violencia, la explicación común de parte de quienes son beneficiados por el sistema es que los causantes de los problemas son agitadores ajenos a la situación. La pregunta que debe plantearse a los defensores del statu quo es: ¿Qué lograrían tales agitadores si no fuese porque el terreno está ya abonado por el resentimiento y el odio causados por la injusticia?

América Latina es una buena ilustración del problema. Parecería que, a lo largo de su historia, nuestros países estuvieran atados a un círculo vicioso de empobrecimiento de las masas, seguido por explosión social, seguida por represión, seguida por un mayor empobrecimiento de las masas, seguido por una mayor explosión social, seguida por una mayor represión, y así sucesivamente. Cada vez que se repite el ciclo, aumenta el costo social. ¿Hay salida, especialmente si se toma en cuenta que cada intento de cambio es de inmediato convertido en el blanco de las sospechas de quienes mantienen el control de las estructuras de poder?

La situación se complica todavía más en vista del juego de intereses económicos a nivel internacional. La política externa de los Estados Unidos funciona en base al presupuesto que la democracia y la libertad son valores que deben preservarse a toda costa en todo el mundo. El hecho innegable es, sin embargo, que en tiempos de la Guerra Fría, el gobierno de los Estados Unidos fue siempre compañero de cama de los gobiernos más represivos en la historia de la humanidad...



C. René Padilla
Revista Kairós Nº 22, 2008
Ver artículo completo en KAIRÓS
Si el vínculo no funciona puede ver el artículo >>AQUÍ<<


Conocer a Jesús hoy

Por José Arregi

Conocer no es únicamente saber, si «saber» significa solamente «tener conocimientos». El prefijo co (con) evoca relación, intimidad, trato. ¿Cómo conocer a alguien —cómo conocer a Jesús— sino a través de la relación y el trato?

Si al conocer le privamos del co, nos quedamos sólo con la gnosis, convertimos a Jesús en objeto. No es que debamos desdeñar el término gnosis: la verdadera gnosis, como el verdadero conocimiento, nos adentró en la realidad profunda del yo que me transciende, en la realidad profunda del otro que me transforma.

Y a eso se refiere el prefijo co del término conocer. Es el conocimiento verdadero hecho de contacto, comunión, compañía y todas las palabras con co. Y ése es también el auténtico saber, que no consiste meramente en tener información sobre algo, sino en probar su gusto más profundo, el sabroso sabor del ser y de la vida que nos procura la sabiduría de los sabios.

Así es como quiero conocer a Jesús y saberlo —saborearlo—, de modo que mi vida sepa —tenga sabor— más a Jesús, y Jesús me sepa enteramente a Dios. Hasta que todas las criaturas podamos comer y saborear del árbol de la vida. Entonces conoceremos de verdad, pues conocer será vivir.

Mientras tanto, para conocer a Jesús es importante mirar primero a la tierra de la que es hijo. Jesús es un trozo de esta Tierra Santa que es toda la tierra. No es un meteorito caído del cielo. Es fruto de una pequeña franja de tierra atormentada, disputada, mil veces conquistada y reconquistada, como tantas tierras.

Una tierra llamada Canaán, Israel y Palestina. Una tierra en que —dicen nuestros Atlas— confluyen Asia, África y Europa. Pero Dios no hizo esas fronteras: han nacido de nuestras guerras, como todas las fronteras. Una tierra de paso de muchas caravanas y ejércitos, de muchos peregrinos y emigrantes.

Para conocer a Jesús, es igualmente importante mirar de cerca el tiempo del que es hijo, pues todos somos hijos de nuestro tiempo y Jesús también lo es.

Un tiempo, el de Jesús, comprendido en una época de sangre y lágrimas que va desde Daniel y la guerra de los Macabeos (160 a.C.) hasta la última rebelión judía de Bar Kokba y el último aplastamiento de los judíos, el definitivo (130 d.C.), después del cual los judíos ya no pudieron ni siquiera habitar en Jerusalén, y ésta pasó a llamarse Aelia Capitolina.

Un tiempo de tensa calma política y de gran sufrimiento social, de grave empobrecimiento de los campesinos galileos, obligados por los impuestos o bien a endeudarse o bien a enajenarse de su parcelita de tierra sagrada.

Un tiempo en que se iba agudizando la fragmentación cultural, religiosa, política y económica de la sociedad judía. Un tiempo en que los caminos se iban poblando de mendigos y enfermos en busca de dignidad y compasión. Un tiempo a punto de explotar.

¿Un tiempo como el nuestro?

Sólo podemos conocer bien a Jesús desde las preguntas de hoy.

Pero, ¿es que las preguntas de hoy no son acaso las preguntas de siempre? Sí y no. Sí, en cuanto que son preguntas por aquello que nos hace gozar y sufrir, las preguntas por la belleza y las heridas, las preguntas por la vida y la muerte. Y no, en cuanto que las preguntas de hoy son únicas y peculiares, como la vida y la muerte, como el cuerpo, la mirada y la palabra.

Preguntamos por Jesús hoy, desde este mundo dolorido, desigualmente globalizado, más complejo y perplejo que nunca. Un mundo con más ciencia y más incertidumbre, con más medios y más amenazas que nunca.

Preguntamos por Jesús desde nuestro mundo en metamorfosis cultural y religiosa, sí, también en metamorfosis religiosa por la acción del Espíritu.

Preguntamos por Jesús desde nuestro mundo y nuestras iglesias de hoy, discutidas y discutibles, tentadas de erigirse como sistemas autoritarios en vez de ser comunidad de hermanos, compañeras de camino y de búsqueda.

Nos preguntamos:

- ¿Cómo fue la mirada de Jesús entonces y cómo sería hoy?
- ¿Qué anunció a su tiempo y qué anunciaría en el nuestro?
- ¿Qué opciones hizo en su mundo y cuáles haría en el nuestro?
- ¿Qué actitud adoptó frente al sistema religioso judío y qué actitud adoptaría frente al sistema religioso cristiano?
- ¿Cómo creyó, confió, esperó en Dios y cómo lo haría hoy?
- ¿Hablaría tanto como nosotros hablamos de la moral sexual, él, que se puso del lado de las prostitutas y no condenó a la adúltera?
- ¿Defendería tanto el modelo tradicional de la familia, él, que lo rompió quedándose soltero?
- ¿Denunciaría tanto el «relativismo» moral y filosófico, o más bien denunciaría el monopolio de la verdad, de la información y de los bienes?
- ¿Cómo anunciaría que sólo Dios es rey y que lo es en favor de los desfavorecidos en un mundo como el nuestro, en que los países «cristianos» ejercen el imperio del poder y del dinero?
- ¿Qué diría de los emigrantes, él que fue emigrante y que lo seguirá siendo mientras haya fronteras?

Para conocer a Jesús es preciso saber preguntar. Y aceptar, sin embargo, que nadie es dueño de las respuestas, y que ninguna respuesta es última. Aceptar incluso que nadie es tan siquiera dueño de las preguntas, lo que hace nuestra palabra aún más perpleja. Que nadie pretenda tener la respuesta ni conocer la única fórmula pertinente de la pregunta.

Que la modestia y la tolerancia crezcan al menos tanto como la perplejidad. Y que nadie desista de seguir preguntando, cada uno con su compasión y sus palabras: ¿cuáles son las heridas del mundo de hoy y cuál sería el remedio de Jesús?

¡Señor!
Cuando me encierro en mí,
no existe nada:
ni tu cielo y tus montes,
tus vientos y tus mares;
ni tu sol,
ni la lluvia de estrellas.
Ni existen los demás.
Ni existes Tú,
ni existo yo.
A fuerza de pensarme, me destruyo.
Y una oscura soledad me envuelve,
y no veo nada
y no oigo nada.
Cúrame, Señor, cúrame por dentro,
como a los ciegos, mudos y leprosos,
que te presentaban.
Yo me presento.

Ignacio Iglesias


Fuente: Kairos

El espectáculo de la música, simulacro de adoración comunitaria

Canto congregacional: una actividad solitaria entre la multitud

Para nosotros en particular, que vivimos en tiempos despiadados, en tiempos de rivalidad y de competencia sin tregua, cuando la gente que nos rodea parece ocultarnos todas sus cartas y pocas personas parecen tener prisa alguna por ayudarnos, cuando en contestación a nuestros gritos de auxilio escuchamos exhortaciones a ayudarnos a nosotros mismos, cuando sólo los bancos que codician hipotecar nuestras posesiones nos sonríen y están dispuestos a decirnos ‘sí’, la palabra ‘comunidad’ tiene un dulce sonido[1].

Frente a semejante diagnóstico del sistema en el que nos toca vivir, deberíamos dar las gracias de poder pertenecer a una iglesia, dado que etimológicamente ésta significa específicamente eso: asamblea, comunidad. Ella se fundamentaría en el compartir y el cuidado mutuo[2]. Sin embargo, al analizar más profundamente las diversas prácticas eclesiales de algunas iglesias, nos daríamos cuenta de que muchas de esas actividades las hacemos simultáneamente y en el mismo lugar, pero no conjuntamente.

  • Cada uno experimenta su fe por su cuenta, junto a quien tiene al lado, pero sin involucrarse activamente con él.
  • La relación con Dios se hace vertical (yo-Dios), perdiendo su carácter horizontal (yo-prójimo-Dios, o mejor, nosotros-Dios).
  • El cantar solo, el orar solo, el participar de la “Santa Cena” solo, el escuchar la predicación solo, el irse solo a casa, ¡y nos estamos limitando exclusivamente al ámbito cultual!

Ahora bien, analicemos una sola actividad de las arriba mencionadas para demostrar a qué nos referimos cuando decimos que son acciones individuales en medio de una multitud: el canto congregacional (a veces mal llamado genéricamente “alabanza y adoración”, como si éstas sólo se pudieran experimentar mediante la música).

En primer lugar, apenas un análisis superficial de las letras de las canciones que se cantan durante los cultos de muchas iglesias cristianas, evidencia que la gran mayoría de ellas se encuentra escrita en primera persona del singular. Es “yo” el que busca a Dios, el que lo alaba por sus maravillas y agradece su favor, el que se arrepiente de su maldad y le pide perdón. Nunca, o casi nunca, se trata de “nosotros”. La perspectiva comunitaria en la teología de estas canciones prácticamente ha desaparecido.

En segundo lugar, se parte de la concepción -muchas veces explícita- de que el grupo encargado de la música se encarga de “guiar” al resto de la gente (en vez de acompañar), lo que implica una asimetría en donde unos conocen el camino mientras los otros indefectiblemente no lo hacen. Esta diferencia cualitativa entre unos y otros va directamente en contra de una actividad comunitaria donde el conjunto de los integrantes, de diversas maneras y estilos busca acercarse a Dios.

Esta diferenciación entre los músicos y el resto de la gente se ve exponenciada desde la organización espacial del culto (realizaremos este análisis a partir del aporte de las leyes de la Gestalt):

Separación de altura, orientación y alcance (“ley general de la figura y fondo”[3], “ley del contraste”[4], “ley de la proximidad”[5].

Los músicos se ubican sobre un escenario elevado, enfrentando al resto de la gente y separados de ellos por varios metros, mientras que el resto de la gente está parada al nivel de suelo, mirando a los músicos y bien próximos entre sí: esta distancia que separa a ambos grupos implica remarcar una diferencia simbólica entre la banda y resto de la gente, en vez de buscar que la disposición de elementos, movimiento, colores y demás, dé la idea de un conjunto de iguales.

Diferencia de iluminación (“ley de igualdad o equivalencia”[6]).

Los músicos son iluminados por reflectores, mientras que el resto de la gente está a oscuras: aparentemente, lo que pasa arriba del escenario es más importante que lo que pasa abajo, dado que uno debe estar en la luz y ser visto por todos, mientras que el resto se ve obligado a sumirse en la oscuridad. Esto provoca por un lado la des-diferenciación de la gente que está a oscuras (para quienes están arriba, los “de abajo” son percibidos como una masa amorfa), y por el otro su individualización (para cada uno de ellos en relación a los demás): no se canta en comunidad, sino de manera individual, porque al no tomar conciencia de que hay alguien al lado (no se lo ve, sólo se ve hacia delante), la acción es puramente individual, y no comunitaria.

Diferencia sonora. La amplificación excesiva del volumen de los instrumentos y las voces hace que no se escuche otra cosa que a los músicos: el/la que está “abajo” no se escucha a sí mismo/a, mucho menos a los que tiene alrededor. Si a esto se le suma que desde el escenario se insta (cuando no manipula) a una emotividad “de ojos cerrados”, entonces los que se encuentran próximos a cada uno directamente desaparecen y uno se halla -rodeado de gente, pero- cantando solo.

Ahora bien, cabe preguntarse por qué es que muchas de nuestras iglesias celebran el tiempo de canto congregacional de esta manera. ¿Qué es lo que lleva a estas iglesias a desarrollar una práctica que atenta contra su misma naturaleza comunitaria? Dice Luiz Carlos Ramos respecto a la predicación (pero bien puede aplicarse al canto congregacional):

La práctica homilética contemporánea es moldeada por la sociedad del espectáculo. La base principal de esa sociedad espectacular es la economía de mercado globalizada, aliada a los medios electrónicos de comunicación de masas y a la tecnología de la información, de donde surge su principal producto: la industria del entretenimiento. En esta sociedad, se da sistemáticamente el proceso de degradación del ser para el tener y del tener para el parecer (por ejemplo: ya no basta con ser rico y tener dinero, es preciso parecer rico y parecer tener mucho dinero)[7].

Precisamente eso es lo que ocurre: las iglesias toman el modelo de entretenimiento propuesto por esta sociedad capitalista y lo aplican a su vida cotidiana. Así, el canto congregacional deja de ser una actividad comunitaria para convertirse en un espectáculo: se utilizan reflectores, juegos de luces de colores, máquinas de humo, escenografías atrayentes, mucho despliegue de los músicos en el escenario… en fin, se hace de la música un show para entretener, en vez de un acompañamiento para un quehacer comunitario.

El problema con los espectáculos es que buscan representar (poner en escena) la realidad. No son la realidad, sino que reflejan imágenes de lo real, como espejos (specculum). La fruición de esa no-realidad conlleva a la alienación de la vida (…) Esa suspensión de la existencia es precisamente el sentido de la palabra entretenimiento: tener-entre. Se abre un paréntesis en la vida real, para que se pueda asistir a la vida representada[8].

Así, en esas iglesias participamos de un simulacro de canto congregacional. Jean Baudrillard desarrolla su concepto de simulacro a partir de una fábula de Borges, en la que los cartógrafos de un imperio trazan un mapa tan detallado que logra cubrir con tal exactitud el territorio, que se llega a hacer imposible poder distinguir entre uno y otro. Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa (…) La simulación no corresponde a un territorio (…) sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal. El territorio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En adelante será el mapa el que preceda al territorio y el que lo engendre[9]. Así, el simulacro de la práctica en torno a la música en las iglesias es lo único que existe: mientras que “disimular” es fingir no tener lo que se tiene, “simular” es fingir tener lo que no se tiene. No hay canto congregacional, no hay práctica comunitaria, no hay dinámica grupal. Sólo hay un simulacro de ellas.

Además, como afirma Ramos, el fin del espectáculo es el propio espectáculo. Se debe retro-alimentar constantemente por que en realidad se consume a sí mismo. El espectáculo vive de sí mismo[10]. El propósito del canto congregacional, en cambio, debiera ser unirnos a los hermanos y hermanas para, sólo entonces, poder decirle a Dios Padre nuestro.

Ahora bien, a fin de recuperar el canto congregacional como una práctica comunitaria, el simulacro debe ser destruido. No pueden hacerse cambios superficiales. Se trata de cuestiones de fondo. Como ya dijimos, la iglesia es fundamentalmente comunidad, y como tal, debe velar porque su vida diaria refleje fielmente esa esencia.

Primeramente, debemos desterrar o al menos minimizar las canciones en las que la relación con Dios se limite a la dimensión vertical, ignorando la horizontal que nos vincula con el prójimo. Un claro ejemplo de estas canciones reza: “[Dios] llévame a ese lugar donde lo de alrededor no importa, es donde necesito estar. Llévame”[11]. La letra de las canciones es lo que se memoriza más fácilmente: nadie recuerda siquiera el tema de la reflexión bíblica luego de un mes; sin embargo, casi todos se aprenden las canciones. Por tanto, es imprescindible revisar la teología de lo que cantamos y, consecuentemente, dejar de cantar aquellas canciones que bien desdibujan la imagen de Dios, o atentan contra el espíritu comunitario. Otra característica a eliminar es la emotividad “de ojos cerrados”. Debemos abogar por una espiritualidad “de ojos abiertos” a la comunidad y el mundo.

En segundo lugar, es imprescindible igualar el nivel de todos los creyentes a la hora de cantar (así como de cualquier otra actividad cultual). No puede haber una distinción de importancia, exacerbada desde lo simbólico mediante la disposición espacial, entre los músicos y el resto de la gente. Debemos terminar con la centralidad que supone un escenario e implementar modelos circulares en donde los músicos son parte de la ronda (y por ende no se ubican nunca en medio). De esa manera, no sólo se acaba con la diferenciación de unos y otros, sino que además se logra que todos se miren a la cara, en vez de ver sólo la nuca de quien está adelante. Esta simetría espacial hablará por sí misma acerca de la importancia de lo comunitario. Ya no se tratará de un grupo que busca entretener al resto (espectáculo), sino de un producto de todos y todas.

En tercer lugar, debemos buscar una participación activa de y entre todos los presentes al momento de cantar. Esto no tiene que ver con obligar a nadie a aplaudir, saltar, arrodillarse o realizar una acción particular, sino con tener presente que es en la actividad comunitaria en la que nos reconocemos hermanos y hermanas y nos dirigimos a Dios. El canto congregacional así debe ser entendido: con la libertad para que cada uno lo celebre como quiera, pero con la responsabilidad de hacerlo siempre entre todos y todas.


NOTAS:
[1] BAUMAN, Zygmunt. Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil. Siglo XXI. Argentina, 2003. Pág. 9.
[2] BAUMAN, Zygmunt. Op. Cit. Pág. 175.
[3] La figura es un elemento que existe en un espacio o “campo”, destacándose en su interrelación con otros elementos; mientras que el fondo es todo aquello que no es figura: es la parte del campo que contiene elementos interrelacionados que sostienen a la figura y que por su contraste tienden a desaparecer.
[4] La posición relativa de los diferentes elementos incide sobre la atribución de cualidades de los mismos.
[5] Los elementos tienen a agruparse con los que se encuentran a menor distancia.
[6] Cuando concurren varios elementos de diferentes clases, hay una tendencia a constituir grupos con los que son iguales. Si las desigualdades están basadas en el color, el efecto es más sorprendente que en la forma. Abundando en las desigualdades, si se potencian las formas iguales, con un color común, se establecen condicionantes potenciadores, para el fenómeno agrupador de la percepción.
[7] RAMOS, Luiz Carlos. ¡Luces, cámara, predicación! Principios, medios y fines de la homilética espectacular. Apunte.
[8] RAMOS, Luiz Carlos. Op. Cit.
[9] BAUDRILLARD, Jean. Cultura y simulacro (La precession des simulacres). Kairos, Barcelona, 1993. Pág. 5-6.
[10] RAMOS, Luiz Carlos. Op. Cit.
[11] DEL BOSQUE, Alejandro y otros. “Llévame”, en Es hora de adorarle. 2000.

Escrito por JONATHAN A. ALY
Domingo, 21 de Agosto de 2011 06:52

La confusión es el factor que hace trizas la fe

Todos los seres humanos somos iguales. Permítame decirlo otra vez: Decir que siempre comprenderemos lo que Dios hace y cómo nuestro sufrimiento y nuestras desilusiones son parte de su plan, es tener un concepto equivocado de la Biblia. Tarde o temprano, la mayoría de nosotros llegaremos a encontrarnos en una situación en la que pareciera que Dios ha perdido el control, o el interés, en lo que está sucediendo. Esta idea sólo es una ilusión, pero tiene consecuencias peligrosas para nuestra salud espiritual y mental. Lo curioso del caso es que no son el dolor y el sufrimiento los que causan el mayor daño. La confusión es el factor que hace trizas la fe.

El espíritu humano es capaz de resistir una enorme cantidad de aflicciones, incluso el encontrarse ante la perspectiva de la muerte, si las circunstancias tienen sentido. Muchos mártires, prisioneros políticos y héroes de la guerra han ido a sus tumbas con gusto y llenos de confianza.

En contraste, los cristianos que se sienten confundidos y desilusionados con Dios, no tienen ese consuelo. Es la ausencia de significado lo que hace que su situación sea intolerable. Al encontrarse en esa condición, su depresión causada por una enfermedad inesperada o la trágica muerte de un ser querido, realmente puede ser más intensa que la experimentada por el incrédulo que ni esperaba ni recibió nada. No es raro el escuchar a un cristiano, que se siente confundido, expresar enorme inquietud, ira o incluso blasfemias. Este individuo confuso es como una niñita a la que su padre divorciado le ha dicho que va a ir a verla. Cuando su padre no lo hace, ella sufre mucho más que si él nunca se lo hubiera dicho.

La palabra clave, en relación con esto, es expectativas. Son ellas las que preparan el camino para que suframos una desilusión. No existe una angustia mayor que la que una persona experimenta cuando ha edificado todo su estilo de vida sobre cierto concepto teológico, y que luego éste se derrumbe en un momento de tensión y dolor extraordinarios. Una persona en esta situación, se enfrenta con la crisis que ha sacudido su fundamento.

Entonces.. tendrá que hacerle frente a la angustia del rechazo. El Dios a quien ha amado, adorado y servido, parece estar callado, lejano y despreocupado en su momento de más necesidad.

Dobson James. Cuando lo que Dios hace no tiene sentido. Unilit, 1993. pp21-22

Cuando las circunstancias no tienen sentido

Lamentablemente, muchos jóvenes creyentes, y también algunos más viejos, no saben que habrá momentos en la vida de cada persona, cuando las circunstancias no tienen sentido, cuando nos parece que lo que Dios ha hecho no tiene sentido. Este es un aspecto de la fe cristiana del cual no se habla mucho.
Tenemos tendencia a enseñarles a los nuevos cristianos las porciones de nuestra teología que son atractivas a la mente secular. Por ejemplo, Campus Crusade for Christ [Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo], (un ministerio evangelístico al cual respeto mucho), ha distribuido millones de folletos titulados: "Las cuatro leyes espirituales". El primero de esos cuatro principios bíblicos dice: "Dios le ama y tiene un plan maravilloso para su vida". Esa declaración es totalmente verdadera. Sin embargo, da a entender que el creyente siempre comprenderá ese "plan maravilloso", y que lo aprobará. Eso podría no ser cierto.

  • Para algunas personas, tales como Joni Eareckson Tada, el "plan maravilloso" significa vivir en una silla de ruedas como una cuadriplégica.
  • Para otras significa una muerte prematura, pobreza o el desprecio de la sociedad.
  • Para el profeta Jeremías, significó ser arrojado en una cisterna.
  • Para otros personajes bíblicos significó su ejecución.

Sin embargo, aun en las más terribles de las circunstancias, el plan de Dios es maravilloso, porque finalmente, "a los que aman a Dios" todas las cosas que estén en armonía con su voluntad "les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Romanos 8:28).

El doctor Richard Selzer es un cirujano y uno de mis autores favoritos. El escribe las descripciones más hermosas y compasivas de sus pacientes y de los dramas humanos con que los mismos se enfrentan. En su libro titulado: Letters to a Young Doctor [Cartas para un joven doctor], dijo que la mayoría de nosotros parecemos estar protegidos durante algún tiempo por una membrana imaginaria que nos protege del horror... De la misma manera en que el sistema inmunológico nos protege de la presencia invisible de las bacterias dañinas, esta membrana mítica nos protege de las situaciones que ponen en peligro nuestra vida. Desde luego, no todos los jóvenes tienen esta protección.. Pero la mayoría de ellos están protegidos, y no se dan cuenta de esto. Entonces, a medida que pasan los años, un día ocurre. Sin ningún aviso, la membrana se rasga, y el horror penetra en la vida de la persona o en la de uno de sus seres queridos. Es en ese momento que una crisis teológica se presenta inesperadamente.

  • ¿Qué es lo que estoy sugiriendo?
  • ¿Que nuestro Padre celestial no se preocupa por sus vulnerables hijos o no se interesa en ellos?
  • ¿Que se burla de nosotros, los simples mortales, como si fuéramos parte de alguna broma cósmica, cruel?

Es casi una blasfemia el escribir tales disparates. Cada descripción de Dios que se hace en la Biblia , lo presenta como infinitamente amoroso y bondadoso, cuidando tiernamente a sus hijos terrenales, y guiando los pasos de los fieles.

  • El dice que "pueblo suyo somos, y ovejas de su prado" (Salmo 100:3).
  • Su gran amor por nosotros le movió a enviar a su Hijo unigénito como sacrificio por nuestro pecado, para que pudiéramos escapar del castigo que merecemos. El hizo esto "porque de tal manera amó al mundo" (Juan 3:16).
  • El apóstol Pablo lo expresó de la siguiente manera: "Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida , ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 8:38-39).
  • Isaías nos comunicó este mensaje enviado directamente por nuestro Padre celestial: " No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia" (Isaías 41:10).

No, el problema no tiene nada que ver con el amor y la misericordia de Dios. Sin embargo, el problema persiste.

Dobson James. Cuando lo que Dios hace no tiene sentido. Unilit, 1993. pp18-20

"¿Por qué ha permitido Dios que me ocurra esto a mí?

...ejemplos de aflicciones y sufrimientos inexplicables podrían llenar los estantes de la biblioteca más grande del mundo, y cada persona sobre la faz de la tierra, podría contribuir con sus propias ilustraciones. No es fácil el racionalizar las guerras, el hambre, las enfermedades, los desastres naturales y las muertes prematuras. Pero las desdichas de esta clase, en gran escala, a veces inquietan menos a la persona que las circunstancias con que nos enfrentamos personalmente cada uno de nosotros. ¡Cáncer, insuficiencia renal, enfermedades cardíacas, síndrome de muerte infantil repentina, parálisis cerebral, mongolismo, violación, soledad, rechazo, fracaso, infertilidad, viudez! Estas, y un millón de otras fuentes de sufrimiento experimentado por los seres humanos, plantean preguntas inevitables que inquietan el alma. 
"¿Por qué ha permitido Dios que me ocurra esto a mí?" Esta es una pregunta a la que todos los creyentes, y muchos incrédulos, se han esforzado por contestar. Y contrario a lo que las enseñanzas de algunos cristianos en ciertos círculos, típicamente, el Señor no se apresura en explicar lo que él está haciendo. Si usted cree que Dios tiene la obligación de explicarnos su conducta, usted debiera examinar los siguientes pasajes de la Biblia: 

  • Salomón escribió en Proverbios 25:2: "Gloria de Dios es encubrir un asunto..."
  • Isaías 45:15, declara: "Verdaderamente tú eres Dios que te encubres..."
  • En Deuteronomio 29:29 (LBLA), leemos: "Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios..."
  • Eclesiastés 11:5, proclama: "Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas".
  • Isaías 55:8-9 (LBLA), enseña: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, declara el Señor. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos".

Desde luego, la Biblia nos dice que nosotros carecemos de la capacidad para comprender la mente infinita de Dios o la manera en que él interviene en nuestras vidas. Qué arrogantes somos cuando pensamos lo contrario. Tratar de analizar su omnipotencia es como si una ameba tratara de comprender el comportamiento del ser humano.
Romanos 11:33, indica que los juicios de Dios son "insondables", y sus caminos "inescrutables". Una manera de hablar parecida a ésta, la encontramos en 1 Corintios 2:16 (LBLA), donde dice: "Porque ¿quién ha conocido la mente del Señor, para que le instruya?"
Por supuesto, a no ser que Dios escoja explicarnos su comportamiento, lo cual no suele hacer, sus motivos y propósitos están fuera del alcance de nosotros los seres mortales. Lo que esto quiere decir, en términos prácticos, es que muchas de nuestras preguntas, especialmente las que empiezan con las palabras por qué, tendrán que quedarse sin respuesta por ahora.

El apóstol Pablo se refirió al problema de las preguntas sin contestar, cuando escribió: "Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido" (1 Corintios 13:12). Pablo estaba explicando que no tendremos el cuadro completo hasta que estemos en la eternidad. De ahí se deduce que debemos aprender a aceptar nuestra comprensión parcial.

Dobson James. Cuando lo que Dios hace no tiene sentido. Unilit, 1993. pp16-18

La preocupación personal...

Si hay alguna postura que perturbe a un hombre o a una mujer que sufren es la reserva, en su sentido de distanciamiento. La tragedia del ministro cristiano es que muchas personas que sienten una gran necesidad de algo, muchas que buscan un oído atento, una palabra de apoyo, un abrazo de perdón, una mano firme, una sonrisa tierna, o incluso una titubeante confesión de la incapacidad de hacer más, a menudo encuentran a sus ministros como unos hombres distantes que no quieren demasiadas complicaciones, implicaciones personales. Son incapaces, o les faltan deseos de expresar sus sentimientos y afecto, su ira, su hostilidad o su simpatía. La paradoja es que, los que quieren ser «para todos», se encuentran a sí mismos a menudo incapaces de estar cerca de nadie. Cuando todos se convierten en «mis vecinos», vale la pena preguntarse si alguien puede convertirse realmente en mi «prójimo», es decir, aquel al que siento muy cercano a mí.
Después de haber insistido tanto en la necesidad que tiene un líder de evitar que sus propios sentimientos y actitudes interfieran en una relación personal capaz de ayudar parece necesario volver a establecer los principios básicos de que nadie puede ayudar sin sentirse comprometido de algún modo, sin entrar con toda su persona en la situación penosa, sin hablar del peligro de ser dañado, herido o incluso destruido en el proceso. El principio y el final de todo liderazgo cristiano es dar la vida por los demás. Pensar en el martirio puede ser una escapatoria, si no nos damos cuenta de que el martirio significa un testimonio que empieza por el deseo de llorar con los que lloran, reír con los que ríen y de hacer que sus propias experiencias, penosas o gozosas sean capaces de convertirse en fuentes de clarificación y de comprensión.

El Culto Cristiano - Justo L. González

Probablemente uno de los puntos más débiles en la reflexión teológica contemporánea, sea la reflexión acerca de la adoración. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia nos acercamos a la adoración como si poco o nada tuviera que ver con la doctrina y con la vida de la iglesia. Así, por ejemplo, pasamos largas horas discutiendo el sentido de la doctrina trinitaria, o de la presencia de Cristo en la comunión; pero no le prestamos igual atención al modo en que tales doctrinas se manifiestan en el culto. Si por ejemplo, sostenemos la doctrina de la Trinidad, ¿qué implica eso para el culto? Si sostenemos una posición cualquiera (sea la luterana, sea la reformada, o cualquier otra) acerca de la presencia de Cristo en la comunión, ¿cómo se refleja esto en el modo en que celebramos la comunión, y en el modo en que la relacionamos con el resto del culto? No se trata de preguntas ociosas. Como historiador de la doctrina cristiana, estoy consciente del viejo principio, lex orandi est lex credendi, que implica, en pocas palabras, que el modo en que la iglesia adora a la postre se vuelve lo que la iglesia cree.

Cada vez más nos percatamos de que el estudio del desarrollo de las doctrinas cristianas, requiere el estudio del desarrollo del culto. En consecuencia, la historia de la liturgia, que antaño fue un campo de estudio relativamente desconectado de la historia de las doctrinas, ahora se incorpora como campo necesario de estudio para quien desee comprender el modo en que el pensamiento cristiano ha evolucionado a través de los siglos. Es por ello que resulta tan trágico el hecho de que pastores y otros dirigentes eclesiásticos, al tiempo que se preocupan sobremanera por la ortodoxia teológica, le presten tan poca atención al culto y al modo en que refleja o no esa ortodoxia. Necesitamos prestarle mayor atención a la adoración, si hemos de evitar una iglesia, no sólo débil, sino hasta errada en su teología. Veamos algunos ejemplos.

Algo anda muy mal

Nuestra mente ha sido llevada de un lado a otro por los poderes de este mundo, con lo cual el evangelio de la gracia ha sido relegado al lugar de la esclavitud religiosa, con una imagen distorsionada de Dios, como un eterno contable de mente estrecha. La comunidad cristiana se asemeja a la bolsa de valores, donde el intercambio de obras hace que se honre a una elite y se ignore al hombre común. Se amordaza al amor, se ata a la libertad, se etiqueta la rectitud. La iglesia institucional se ha convertido en algo que hiere al sanado, en lugar de sanar al herido.

Dicho sin ambages: la iglesia norteamericana de hoy acepta la gracia en la teoría, pero la niega en la práctica. Decimos que creemos que la estructura fundamental de la realidad es la gracia y no las obras... pero nuestras vidas refutan nuestra fe. Por lo general, el evangelio de la gracia no se proclama, ni se comprende ni se vive. Muchísimos cristianos viven en la morada del temor, no en la del amor.

Nuestra cultura ha hecho que sea imposible comprender la palabra gracia. Somos ecos de frases y dichos como: «Nada es gratis». «Obtenemos lo que merecemos». «¿Quieres dinero? Trabaja para ganarlo». «¿Quieres que te amen? Esfuérzate por merecer el amor». «¿Quieres misericordia? Demuestra que la has ganado», «Haz con otros como los otros hacen contigo»… «Da a los otros lo que merezcan... pero ni un centavo más». Mi editora en Revell me dijo que oyó decir a un pastor que hablaba con un niño: «Dios ama a los niñitos buenos».

El Espíritu Santo en la Adoración - Jorge Aguirre

¿Cuáles son las razones que nos motivan a detenernos en un tema como este? ¿Por qué hoy se hace cada vez más un motivo no solo de interés sino también de extrema necesidad el conocer el rol que tiene el Espíritu Santo en la adoración de la iglesia?

Creo que existen básicamente dos razones para que hoy se siga discutiendo entre los círculos cristianos este tema. Por un lado, está el criterio apologético que cierto sector de la cristiandad asume. Este sector entiende que se ha caído en prácticas que no son coherentes con las que las Escrituras (o la tradición bautista) entienden como correctas, sienten que se ha incurrido en excesos bajo el estandarte de que el Espíritu Santo ha iniciado una renovación en la iglesia teniendo como su instrumento la adoración. Suena como si este sector dijera: “¡Qué se habrán creído estos para decir y hacer estas cosas en el nombre del Espíritu Santo!”

La ética en la vida del cristiano - César Aníbal Villamil

La ética es un tema vasto y comprehensivo que constituye una de las ramas importantes de los estudios teológicos y puede ser definida como un sistema de valores morales y deberes. Tiene que ver con el carácter humano, las acciones y los fines. La ética también tiene que ver con la comunidad. No es cosa de argumentación, sino de conducta frente y hacia los demás, y su principio y su fin, por lo tanto, tiene que ver con responder a lo que da origen al término clave de la ética: la responsabilidad.
Crisis de la ética

En 1933, de acuerdo a la cita de Julián Marías, Ortega y Gasset comenzó un discurso que apuntaba a analizar la situación de España en aquella hora tan difícil, diciendo: No sabemos lo que nos pasa, y eso es, precisamente, lo que nos pasa. Lo mismo podría ser dicho en nuestro tiempo. Es hora de que sepamos lo que nos pasa, y lo que nos pasa es que atravesamos por una profunda crisis de valores, de la que la Iglesia no está exenta.

Fariseos ¡Hipócritas!: No más que tú ni que yo - Milton Acosta

Los personajes del Nuevo Testamento a quienes más mala prensa se les ha hecho son los fariseos. Tanto es así que para muchas personas fariseo es sinónimo de hipócrita. No se discutirá que sí fueron llamados hipócritas, pero hay que mirar bien la totalidad de la información que tenemos de ellos. Por cierto, la información es fragmentaria y en ocasiones contradictoria. Por su complejidad, no se podrá hacer aquí justicia al tema. Sin embargo, es posible observar que en el Nuevo Testamento y otras fuentes que de ellos hablan, los fariseos no se pueden reducir únicamente a la hipocresía.

Empecemos por el origen de los fariseos.[1] La respuesta corta es que no sabemos con exactitud cuáles son sus orígenes. Aparecen en escena por la época de los Macabeos. Dos opiniones compiten en cuanto al significado de su nombre: “separado” (Scott) o “agudo” (Baumgarten, N. T. Wright). Sabemos de los fariseos por los escritos de Josefo, los Rollos del Mar Muerto (crípticamente), la literatura rabínica y el Nuevo Testamento. Sabemos que algunos escribas son fariseos, pero no todo fariseo es escriba, ni todo escriba fariseo.

Sus dos características principales son: Defienden la pureza que exige el Templo, y la obediencia a la Torá y a la ley oral en todos los aspectos de la vida. Esto se convierte a su vez en una forma de resistencia al gobierno pagano de Roma. Por eso para ellos el guardar el sábado es un símbolo de poder fundamental para la identidad nacional. No constituyeron un poder oficial, pero con cartas de recomendación Saulo, un fariseo, perseguía a los cristianos; lo cual muestra también que algunos recurrían a medios violentos para lograr sus objetivos (Hc 9:1–2); también hay evidencias de su presencia en Masada; otros no recurrieron a la violencia, como Gamaliel (Hc 5:33–42). Es posible imaginarse la situación más o menos así: los pacifistas pensaban “Dios es el Señor de la historia” (Hillel) y los otros le contestaban, “Sí, pero en ocasiones podría requerir de nuestros servicios” (Shammai).

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¿Quién tiene la culpa? - Salvador Dellutri

Apartes del programa Tierra Firme de RTM con el profesor Salvador Dellutri:

Esteban: Estábamos mirando antes de la pausa la manera en que Edipo Rey resolvió la culpa enorme que lo embargó cuando se enteró que estaba casado con su madre, que había matado a su padre, que el problema familiar que había vivido lo metió en un brete en el cual no encontraba salida Salvador.

Salvador: Bueno. Muy distinta la cultura griega de la hebrea. La cultura hebrea era mucho más rígida porque tenía los diez mandamientos. Los diez mandamientos eran terribles, porque para cumplir hasta se legislaba en el corazón del hombre. Sin embargo, Dios dio los diez mandamientos y juntamente con eso (es muy importante entender la simultaneidad de todo eso), Dios da los diez mandamientos y hace hacer un templo portátil, y en ese templo, hay un altar y aquel que siente culpa porque ha transgredido, entonces lleva un cordero al altar y se sacrifica el cordero y Dios perdona la culpa. Aparece la expiación. Quiere decir que ellos tenían un sistema más rígido pero tenían un sistema expiatorio. Ellos podían reconocer la culpa, porque en el momento de hacerlo, tenían la forma de solucionarlo. Yo no tengo forma de solucionarlo y me angustia, pero los hebreos tenían formas para solucionarlo.

El cristianismo es exactamente lo mismo, la cruz de Jesús es el lugar de expiación de la culpa. Por lo tanto, puedo considerarme culpable, pero sé donde debo ir para descargarme de esa culpa. No voy a seguir el camino de Edipo.

Durante el siglo XVIII nació el concepto antropológico. Thomas Hobbes, quien escribió la frase: “el hombre lobo del hombre”, dice que el “hombre es capaz de hacer el mal, pero necesita un Estado Leviatán que lo maneje con mano de hierro”. Él es el primero que quiere evitar el estado de la culpa; pongámonos en un estado que sea tan rígido que nadie va a querer ser culpable.

Pragmatismo: ¿Tendencia o Trampa? - John MacArthur

Por la gracia de Dios, he sido el pastor de la misma iglesia por casi cuarenta años. De esa posición ventajosa, he presenciado el nacimiento y el crecimiento de tendencias amenazadoras dentro de la iglesia, algunas de las cuales han convergido bajo lo que llamaría el pragmatismo evangélico - un acercamiento hacia el ministerio que es generalizado en la cristiandad contemporánea.

¿Qué es el pragmatismo? Básicamente es una filosofía que dice que los resultados determinan el significado, la verdad, y el valor - lo que funcione se convierte en una pregunta más importante que lo que es verdad. Como cristianos, nos sentimos llamados a confiar en lo que el Señor dice, predicamos ese mensaje a los demás y le dejamos los resultados a El. Pero muchos han hecho a un lado esto. Buscando relevancia y éxito, le han dado la bienvenida a un enfoque pragmático y han recibido el caballo de Troya proverbial.

Déjeme tomar algunos minutos para explicar un poco de la historia guiándolo hasta la trinchera actual del enfoque pragmático en la iglesia evangélica y mostrarle por qué no es tan inocente como aparenta.

Lectura cristiana de un terremoto - Respuestas ante lo incomprensible – Milton Acosta

¿Qué puede uno decir como cristiano a una semana del terremoto ocurrido en Haití? Es probable que no haya mucho que decir, sino más bien mucho que hacer. Sin embargo, me permito ofrecer unas breves reflexiones desde una perspectiva bíblica, teológica y cristiana. Lo hago con plena consciencia de mis limitaciones en esos tres campos; por eso es “una perspectiva”. Como es un tema que levanta preguntas, lo he planteado en términos de respuestas.

La primera y más bíblica de todas las respuestas ante una tragedia como la ocurrida en Haití es “no entiendo.” La devastación de una nación ya devastada es un hecho incomprensible por donde se mire.

La segunda e igualmente bíblica de todas las respuestas es: “¿qué puedo hacer para ayudar?” y hacerlo. Ojala no pase mucho tiempo entre la primera respuesta y la segunda. Al dar hay que cuidarse de no convertir la ayuda al necesitado en un show o en una “inversión”. También es necesario reconocer nuestras limitaciones y que en realidad en la mayoría de los casos tampoco hacemos todo lo que pudiéramos hacer.

Hay quienes explotan estas tragedias política y sociológicamente. Despliegan números donde se muestra quién da más: “somos mejores que los demás”. Dista mucho esto de “no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.” Así, lo que se presenta como bondad, desde la perspectiva bíblica es marca de la hipocresía y la vanagloria, de falsa espiritualidad y falsa bondad. Habrá que ver cuántos y quiénes quedan en Haití cuando las cámaras se hayan ido. Sin embargo, a veces ocurren cosas de tal magnitud que mueven a la humanidad como si Dios la moviera, sin reuniones ni lujosos salones ni grandes anuncios. En cualquier caso, dé de corazón, de prisa y según sus posibilidades.

La tercera respuesta cristiana es la oración: “Dales Señor a los sobrevivientes el consuelo que ninguna ayuda humana puede dar.” Esta respuesta va de la mano de la segunda. Si orar implica cerrar la billetera, ¡ay de ti! La oración le da continuidad a la ayuda, no la reemplaza. ¿Qué escucharemos de esta tragedia en un año, en cinco, en cincuenta? ¿Qué pasará cuando termine el show de los noticieros? La oración y la acción cristianas no pueden ir al ritmo de la “Noticia de última hora.”

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La Biblia se sostiene por sí misma - Francis A. Schaeffer

A menudo la gente me dice: «¿Cómo es posible que Ud. parece poder comunicarse con todas esas personas tan alejadas de nosotros? Parece Ud. capaz de hablar de tal manera que ellas entienden lo que Ud. les dice, incluso cuando no lo aceptan». Debe de haber un buen número de razones para que ésto suceda así; pero, una de ellas, es que trato de llevar a esta gente a considerar la totalidad del sistema bíblico y su verdad sin apelar a la autoridad ciega. Es decir: como si creer significara creer simplemente porque nuestras familias creen, o como si el intelecto no tuviera nada que ver en esta cuestión. No, no apelo a esta autoridad ciega, sino a la verdad de la Biblia.

De esta manera llegué a ser yo un cristiano. Crecí en una iglesia de teología «liberal» (modernista), y llegué a la conclusión de que la única respuesta, si hacía caso a lo que allí oía, era el agnosticismo o el ateísmo. Sobre la base de la teología liberal, creo que jamás hice una decisión más lógica en toda mi vida. Me convertí en un agnóstico, y comencé a leer la Biblia por primera vez, con el objeto de compararla con ciertos aspectos de la filosofía griega. Hice esto honestamente, dado que había abandonado lo que yo creía era cristianismo; pero nunca antes había leído toda la Biblia, del principio al fin. En el período de unos seis meses, me convertí en cristiano porque me convencí de que la respuesta completa que la Biblia presenta era ella sola suficiente para los problemas que yo entonces me planteaba; suficiente, además, de una manera realmente interesante e inteligente.

Siempre he tenido la tendencia de pensar visualmente, así que he considerado mis problemas como pelotas lanzadas al aire. Entonces, yo no conocía tantos problemas básicos del pensamiento humano como ahora. Pero, lo que me fascinaba (y me fascina) era que, cuando yo acudía a la Biblia, me encontraba con que a los problemas no se les eliminaba —a la manera de un arma anti-aérea que fuera disparando contra las pelotas reventándolas— sino que eran despachados de una manera mucho más fascinante. La Biblia resolvía —y resuelve— los problemas en el sentido de que, pese a mis limitaciones, yo podía permanecer de pie como agarrando un cable con mi mano y en el que todos los problemas se relacionaban unos con otros, como en un sistema, dentro del trasfondo de lo que la Biblia dice que es verdad. Una y otra vez, he visto repetida mi experiencia personal. Es posible tomar el sistema que enseña la Biblia, bajarlo hasta el mercado de las ideas y dejar que se mantenga firme y hable por sí mismo.

La noche oscura del alma - R.C. Sproul

La noche oscura del alma. Este fenómeno describe una enfermedad que los más grandes de los cristianos han sufrido de vez en cuando. La enfermedad que provocó que David empapara de lágrimas su cama y que le ganó a Jeremías el apodo de «El Profeta Llorón». Fue la enfermedad que afligió tanto a Martín Lutero que su melancolía amenazaba con destruirle. Éste no es un ataque ordinario de depresión, pero es una depresión que está ligada a una crisis de fe, una crisis que viene cuando se siente la ausencia de Dios o se da lugar a una sensación de ser abandonado por él.

La depresión espiritual es real y puede ser grave. Nos preguntamos cómo una persona de fe puede experimentar tales bajones espirituales, pero lo que sea que los provoca no lo aparta de su realidad. Nuestra fe no es una acción constante. Se mueve. Vacila. Nos movemos de fe en fe y entretanto podríamos tener períodos de duda cuando gritamos: «Señor creo; ayúdame en mi incredulidad.»

Podemos pensar también que la noche oscura del alma es algo completamente incompatible con el fruto del Espíritu, no solo en lo que respecta a la fe, sino también al gozo. Una vez que el Espíritu Santo ha inundado nuestros corazones con un gozo indescriptible, ¿cómo puede haber lugar en él para tal oscuridad? Es importante que distingamos entre el fruto espiritual del gozo y el concepto cultural de la felicidad. Un cristiano puede tener gozo en su corazón mientras tiene depresión espiritual en su cabeza. La alegría que tenemos nos sostiene durante esas noches oscuras y no se ahoga por una depresión espiritual. El gozo del cristiano es uno que sobrevive a todos los bajones de la vida.

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Jesús: Esperanza para los pobres - Juan Simarro

No es la primera vez que escribo sobre el tema de Jesús y los pobres. De hecho, varios de vosotros conoceréis mi libro: “JESÚS: Evangelio de Dios a los pobres”. Tampoco desecho la idea de hacer algún día una serie sobre este tema, pero ahora, unas líneas más. Creo que es un tema de mucha responsabilidad, delicado y central para la comprensión del Evangelio. Jesús no fue solamente cercano a los pobres, sino que se comprometió con ellos. Formaron parte de su comprometido estilo de vida en la tierra.

No es posible entender el mensaje del Evangelio si no se tiene en cuenta el compromiso de Jesús con los pobres del mundo… y sólo en la persona de Jesús conocemos a Dios, en Jesús se nos ha hecho cercano. Dios es el Dios de los pobres y no sólo escucha su gemido, sino que lo asume como propio… porque Dios es un Dios justo que sufre con la causa de la pobreza: la injusticia.

Leer más en Protestante Digital.
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Cuando la gente buena sufre cosas malas - Pablo Deiros

¿Por qué es que Dios permite estas cosas? Más específicamente, ¿por qué es que la adversidad ataca tantas veces a los creyentes? Poco después que se entregó al Señor, Susana comenzó a experimentar numerosas pruebas. A los pocos meses, su esposo de 45 años sufrió un mortífero paro cardíaco, dejándola viuda y con cuatro hijos, en una situación económica difícil. Todavía sumida en su dolor, Susana pasó por serios problemas de relación con una familia de su iglesia que la afectaron profundamente. Esta excelente creyente, piadosa y consagrada, recibió hace poco la noticia de que su hijo mayor, que es piloto naval, se había precipitado a tierra destruyéndose totalmente su avión. El se salvó milagrosamente. La experiencia de dolor y sufrimiento de Susana no es única, pero levanta serios interrogantes.
A lo largo de la historia humana la cuestión del dolor y el sufrimiento ha desafiado a las mentes más iluminadas. El autor de Job describe la experiencia contradictoria de un hombre bueno sumido en la aflicción y que levanta el interrogante: ¿por qué sufren los buenos? Los filósofos estoicos se preguntaron: ¿Si Dios es sólo bondad y todopoderoso, ¿cómo es que permite el mal y el sufrimiento? San Agustín también procuró una respuesta al problema frente a la tragedia de la caída de Roma en manos de los bárbaros. ¿Cómo explicar el hecho de que la invicta ciudad había dominado al mundo como potencia pagana, y ahora, a sólo un siglo de su conversión masiva a la fe cristiana, caía masacrada por los germanos?

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