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¿Cómo aconsejaría usted a alguien que practica la homosexualidad? ¿Tiene Jesucristo alguna respuesta para él?

Todos sabemos que la homosexualidad es algo incorrecto. El mundo la denomina "enfermedad", "estilo de vida alternativa", "preferencia sexual". Pero nadie que acepte la Biblia como Palabra de Dios puede llamarla otra cosa que pecado. Pero simplemente aceptarla como pecado, probar que es mala, no resuelve nada. ¿Qué respuesta podríamos darle al hombre que se halla en esta clase de esclavitud? Yo sólo sé de una: él necesita no sólo un cambio de conducta, sino también una nueva identidad.

Lee se hundió en una silla en mi oficina mientras me relataba su historia. - "He sido homosexual durante muchos años", dijo. Habló en voz baja. Estaba visiblemente deprimido y cansado. - "Entonces hace sólo unos meses unos amigos me hablaron de Cristo. Comencé a asistir a la iglesia, y creí que ya todo había cambiado. Pero ahora hay un muchacho en la iglesia por el cual me siento atraído, y no puedo sacármelo de la mente". Su voz se quebró con emoción al hablar del dolor de su corazón, y de cómo a pesar de todos sus esfuerzos por cambiar se encontraba regresando a los mismos viejos hábitos.

- "Recapacitemos por un momento", dije, "y déjame exponer lo que es la salvación". Le expliqué qué es el evangelio: la muerte del Señor Jesucristo y cómo trató con el pecado, su resurrección por medio de la cual ahora puede darnos de su vida. Le mostré que la salvación no es nuestro esfuerzo para cambiar nuestra conducta; sino, más bien, que Dios nos hace una nueva creación. Mi primera meta era descubrir si Lee realmente era cristiano. Basado en sus respuestas, él había nacido de nuevo. En realidad había recibido a Cristo, de modo que nuestro trabajo tenía que realizarse en otras áreas.

¿Qué hace usted si es cristiano y está luchando con tentaciones y deseos que obviamente son pecaminosos? En el caso de Lee, como en la mayoría de las situaciones en la consejería, había temas que necesitaban ser clarificados.

George, Bob. Cristianismo clásico. Unilit: Miami, 1994 (1989 ed. ing.) p.111-116


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Matrimonio: Las palabras tienen significado

Una de las características de esta era posmoderna es el desprecio por la verdad. En boca de todos está el dicho, “Usted tiene su verdad. Yo la mía.” Los posmodernos no creen en la verdad absoluta, sino que nadan en un nefasto relativismo. Ahora, todo es subjetivo. Todo depende de lo que una persona crea es lo correcto; todo es válido siempre y cuando ese algo sea lo mejor para esa persona. Esta es la clase de anti intelectualismo que prima en nuestra sociedad.

¡Los posmodernos odian las definiciones! No las toleran precisamente porque se le pone un límite a lo que un término debe significar. Ellos desean que la definición de un término dependa de la persona. No puede existir una verdad absoluta, pues como dije, todo es relativo. Y esto es, evidentemente, una falacia. Todo el argumento posmoderno se cae cuando examinamos bajo la lupa cada una de sus inconsistencias doctrinales.
Y un ejemplo de este absurdo posmodernismo lo vemos en la re-definición del matrimonio. Este término significa en todos los idiomas, “la unión de un hombre con una mujer.” No hay otra manera de definirlo. Fue así como Dios lo definió, y es así como a lo largo de toda la historia de la humanidad ha sido entendido. Pero ahora, en nuestros tiempos, se ha tratado de re-definir este término, con la intención de incluir dentro de su definición la unión de personas del mismo sexo.

La Biblia y la sexualidad - Juan Stam

Desde su primera página, la Biblia insiste en el valor positivo de toda la creación material. Según el primer relato de la creación (Génesis 1:1-2:4a), siete veces Dios declara “bueno” el mundo material que va creando (la luz 1:3; tierra y mar 1:10; vegetación 1:12; astros 1:18; peces y aves 1:21; animales 1:25; humanidad 1:31). La última, después de la creación del ser humano, califica “todo lo que había hecho” Dios como “bueno en gran manera”. Frente a mitologías contemporáneas que atribuían el origen del mundo a pleitos y caprichos de los dioses, o filosofías antiguas que despreciaban la materia y el cuerpo, la tradición hebrea afirmaba enfáticamente lo bueno de la realidad creada.

Esta afirmación de la materia y del cuerpo se refleja a través de las escrituras hebreas en la franqueza y la naturalidad con que tratan los temas biológicos y las funciones fisiológicas, tanto que nuestros modernos traductores a veces lo encubren con eufemismos menos chocantes a la sensibilidad occidental. Se expresa, también, en una muy simpática anécdota del Talmud. Parece que un día el Rabí Hilel estaba enseñando a sus discípulos y se le vino la necesidad urgente de ir al baño. Cuando pidió permiso de ausentarse, sus discípulos, un poco picarescos, le preguntaron, “¿Y a dónde te diriges?” Su respuesta los sorprendió: “Voy a cumplir un precepto divino”. “¿Eso es un precepto divino?”, le preguntaron. Y contestó: “Sí, el de cuidar el cuerpo”, porque Dios lo creó y lo declaró bueno.