Sí, el Dios de gracia encarnado en Jesucristo nos ama. La gracia es la expresión activa de su amor. El cristiano vive por gracia, como hijo de Abba, rechazando por completo
- al Dios que atrapa por sorpresa a las personas en su debilidad...
- el Dios incapaz de sonreír ante nuestros errores,
- el Dios que no acepta tomar asiento en nuestros festejos humanos,
- el Dios que dice: «Pagarás por eso»,
- el Dios incapaz de comprender que los niños siempre se ensucian y olvidan las cosas,
- el Dios que anda al acecho de los pecadores.
Al mismo tiempo, los hijos del Padre rechazan al Dios color de rosa que promete que jamás lloverá el día de nuestro cumpleaños.
Un pastor que conozco recuerda un estudio bíblico en su iglesia, un domingo por la mañana, en el que se estudiaba el texto de Génesis 22. Dios le ordena a Abraham que tome a su hijo Isaac y lo ofrezca en sacrificio en el Monte Moriah. Cuando el grupo leyó el pasaje, el pastor explicó el trasfondo histórico de este período en la historia de la salvación, incluyendo la práctica del sacrificio de niños entre los cananitas. El grupo escuchó en incómodo silencio. Luego el pastor preguntó:
— ¿Y qué significa esta historia para nosotros? Un hombre de mediana edad dijo:
— Le diré lo que significa para mí. He decidido que mi familia y yo buscaremos otra iglesia.
El pastor lo miró sorprendido: — ¿Cómo? ¿Por qué?
—Porque cuando veo a ese Dios, el Dios de Abraham, siento que estoy cerca de un Dios real, no del tipo de Dios digno y de aspecto comercial, del Dios miembro de un club social de quien conversamos aquí los domingos por la mañana. El Dios de Abraham podía hacer pedazos a un hombre, dar y quitar un hijo, pedir todo de uno, y luego pedir más. Yo quiero conocer a ese Dios.
El hijo de Dios sabe que la vida de gracia le llama a vivir en una montaña fría y ventosa, no en la placentera llanura de la religión a medias. Porque en el corazón del evangelio de la gracia, el cielo se oscurece, el viento aúlla, un joven sube otro Moriah en obediencia a un Dios que lo exige todo y no se detiene jamás. A diferencia de Abraham, Él lleva una cruz sobre sus espaldas, no ramas para encender el fuego del sacrificio... como Abraham, escucha a un Dios salvaje e incansable que se saldrá con la suya, sin importar cuánto cueste.
Este es el Dios del evangelio de la gracia. Un Dios que por amor, envió al único Hijo que tenía, para envolverlo en nuestra piel. Aprendió cómo caminar, tropezaba y caía, lloraba por su leche, sudó sangre por la noche, fue azotado y escupido, fue clavado a una cruz y murió susurrando perdón para todos nosotros.
El Dios del cristiano legalista, por otra parte, es a menudo impredecible, errático, capaz de prejuicios diversos. Cuando vemos a Dios de esta manera, nos sentimos obligados a entrar en una espe¬cie de magia para aplacarle. La adoración del domingo se convierte en una supersticiosa póliza de seguros contra sus caprichos. Este Dios espera que la gente sea perfecta, y que siempre sea capaz de controlar sus pensamientos y emociones. Cuando aquellos que son quebrantados por este concepto de Dios fallan —como sucederá inevitablemente— por lo general esperan castigo. Así que perseveran en prácticas religiosas mientras luchan por mantener una hueca imagen de un propio ser perfecto. La lucha en sí misma es extremadamente agotadora. Los legalistas nunca pueden cumplir las expectativas que proyectan para su Dios.
Una mujer de Atlanta, casada y con dos niños, me dijo hace poco que estaba segura de que Dios se sentía desilusionado con respecto a ella porque no estaba «haciendo nada» por Él. Me dijo que sentía el llamado a ministrar en un comedor, pero que luchaba con la idea de dejar a sus hijos al cuidado de otra persona. Se sorprendió cuando le dije que el llamado no provenía de Dios, sino de su propio legalismo. Ser buena madre no era suficiente para ella. En su mente, tampoco era suficiente para Dios.