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El espectáculo de la música, simulacro de adoración comunitaria

Canto congregacional: una actividad solitaria entre la multitud

Para nosotros en particular, que vivimos en tiempos despiadados, en tiempos de rivalidad y de competencia sin tregua, cuando la gente que nos rodea parece ocultarnos todas sus cartas y pocas personas parecen tener prisa alguna por ayudarnos, cuando en contestación a nuestros gritos de auxilio escuchamos exhortaciones a ayudarnos a nosotros mismos, cuando sólo los bancos que codician hipotecar nuestras posesiones nos sonríen y están dispuestos a decirnos ‘sí’, la palabra ‘comunidad’ tiene un dulce sonido[1].

Frente a semejante diagnóstico del sistema en el que nos toca vivir, deberíamos dar las gracias de poder pertenecer a una iglesia, dado que etimológicamente ésta significa específicamente eso: asamblea, comunidad. Ella se fundamentaría en el compartir y el cuidado mutuo[2]. Sin embargo, al analizar más profundamente las diversas prácticas eclesiales de algunas iglesias, nos daríamos cuenta de que muchas de esas actividades las hacemos simultáneamente y en el mismo lugar, pero no conjuntamente.

  • Cada uno experimenta su fe por su cuenta, junto a quien tiene al lado, pero sin involucrarse activamente con él.
  • La relación con Dios se hace vertical (yo-Dios), perdiendo su carácter horizontal (yo-prójimo-Dios, o mejor, nosotros-Dios).
  • El cantar solo, el orar solo, el participar de la “Santa Cena” solo, el escuchar la predicación solo, el irse solo a casa, ¡y nos estamos limitando exclusivamente al ámbito cultual!

Ahora bien, analicemos una sola actividad de las arriba mencionadas para demostrar a qué nos referimos cuando decimos que son acciones individuales en medio de una multitud: el canto congregacional (a veces mal llamado genéricamente “alabanza y adoración”, como si éstas sólo se pudieran experimentar mediante la música).

En primer lugar, apenas un análisis superficial de las letras de las canciones que se cantan durante los cultos de muchas iglesias cristianas, evidencia que la gran mayoría de ellas se encuentra escrita en primera persona del singular. Es “yo” el que busca a Dios, el que lo alaba por sus maravillas y agradece su favor, el que se arrepiente de su maldad y le pide perdón. Nunca, o casi nunca, se trata de “nosotros”. La perspectiva comunitaria en la teología de estas canciones prácticamente ha desaparecido.

En segundo lugar, se parte de la concepción -muchas veces explícita- de que el grupo encargado de la música se encarga de “guiar” al resto de la gente (en vez de acompañar), lo que implica una asimetría en donde unos conocen el camino mientras los otros indefectiblemente no lo hacen. Esta diferencia cualitativa entre unos y otros va directamente en contra de una actividad comunitaria donde el conjunto de los integrantes, de diversas maneras y estilos busca acercarse a Dios.

Esta diferenciación entre los músicos y el resto de la gente se ve exponenciada desde la organización espacial del culto (realizaremos este análisis a partir del aporte de las leyes de la Gestalt):

Separación de altura, orientación y alcance (“ley general de la figura y fondo”[3], “ley del contraste”[4], “ley de la proximidad”[5].

Los músicos se ubican sobre un escenario elevado, enfrentando al resto de la gente y separados de ellos por varios metros, mientras que el resto de la gente está parada al nivel de suelo, mirando a los músicos y bien próximos entre sí: esta distancia que separa a ambos grupos implica remarcar una diferencia simbólica entre la banda y resto de la gente, en vez de buscar que la disposición de elementos, movimiento, colores y demás, dé la idea de un conjunto de iguales.

Diferencia de iluminación (“ley de igualdad o equivalencia”[6]).

Los músicos son iluminados por reflectores, mientras que el resto de la gente está a oscuras: aparentemente, lo que pasa arriba del escenario es más importante que lo que pasa abajo, dado que uno debe estar en la luz y ser visto por todos, mientras que el resto se ve obligado a sumirse en la oscuridad. Esto provoca por un lado la des-diferenciación de la gente que está a oscuras (para quienes están arriba, los “de abajo” son percibidos como una masa amorfa), y por el otro su individualización (para cada uno de ellos en relación a los demás): no se canta en comunidad, sino de manera individual, porque al no tomar conciencia de que hay alguien al lado (no se lo ve, sólo se ve hacia delante), la acción es puramente individual, y no comunitaria.

Diferencia sonora. La amplificación excesiva del volumen de los instrumentos y las voces hace que no se escuche otra cosa que a los músicos: el/la que está “abajo” no se escucha a sí mismo/a, mucho menos a los que tiene alrededor. Si a esto se le suma que desde el escenario se insta (cuando no manipula) a una emotividad “de ojos cerrados”, entonces los que se encuentran próximos a cada uno directamente desaparecen y uno se halla -rodeado de gente, pero- cantando solo.

Ahora bien, cabe preguntarse por qué es que muchas de nuestras iglesias celebran el tiempo de canto congregacional de esta manera. ¿Qué es lo que lleva a estas iglesias a desarrollar una práctica que atenta contra su misma naturaleza comunitaria? Dice Luiz Carlos Ramos respecto a la predicación (pero bien puede aplicarse al canto congregacional):

La práctica homilética contemporánea es moldeada por la sociedad del espectáculo. La base principal de esa sociedad espectacular es la economía de mercado globalizada, aliada a los medios electrónicos de comunicación de masas y a la tecnología de la información, de donde surge su principal producto: la industria del entretenimiento. En esta sociedad, se da sistemáticamente el proceso de degradación del ser para el tener y del tener para el parecer (por ejemplo: ya no basta con ser rico y tener dinero, es preciso parecer rico y parecer tener mucho dinero)[7].

Precisamente eso es lo que ocurre: las iglesias toman el modelo de entretenimiento propuesto por esta sociedad capitalista y lo aplican a su vida cotidiana. Así, el canto congregacional deja de ser una actividad comunitaria para convertirse en un espectáculo: se utilizan reflectores, juegos de luces de colores, máquinas de humo, escenografías atrayentes, mucho despliegue de los músicos en el escenario… en fin, se hace de la música un show para entretener, en vez de un acompañamiento para un quehacer comunitario.

El problema con los espectáculos es que buscan representar (poner en escena) la realidad. No son la realidad, sino que reflejan imágenes de lo real, como espejos (specculum). La fruición de esa no-realidad conlleva a la alienación de la vida (…) Esa suspensión de la existencia es precisamente el sentido de la palabra entretenimiento: tener-entre. Se abre un paréntesis en la vida real, para que se pueda asistir a la vida representada[8].

Así, en esas iglesias participamos de un simulacro de canto congregacional. Jean Baudrillard desarrolla su concepto de simulacro a partir de una fábula de Borges, en la que los cartógrafos de un imperio trazan un mapa tan detallado que logra cubrir con tal exactitud el territorio, que se llega a hacer imposible poder distinguir entre uno y otro. Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa (…) La simulación no corresponde a un territorio (…) sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal. El territorio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En adelante será el mapa el que preceda al territorio y el que lo engendre[9]. Así, el simulacro de la práctica en torno a la música en las iglesias es lo único que existe: mientras que “disimular” es fingir no tener lo que se tiene, “simular” es fingir tener lo que no se tiene. No hay canto congregacional, no hay práctica comunitaria, no hay dinámica grupal. Sólo hay un simulacro de ellas.

Además, como afirma Ramos, el fin del espectáculo es el propio espectáculo. Se debe retro-alimentar constantemente por que en realidad se consume a sí mismo. El espectáculo vive de sí mismo[10]. El propósito del canto congregacional, en cambio, debiera ser unirnos a los hermanos y hermanas para, sólo entonces, poder decirle a Dios Padre nuestro.

Ahora bien, a fin de recuperar el canto congregacional como una práctica comunitaria, el simulacro debe ser destruido. No pueden hacerse cambios superficiales. Se trata de cuestiones de fondo. Como ya dijimos, la iglesia es fundamentalmente comunidad, y como tal, debe velar porque su vida diaria refleje fielmente esa esencia.

Primeramente, debemos desterrar o al menos minimizar las canciones en las que la relación con Dios se limite a la dimensión vertical, ignorando la horizontal que nos vincula con el prójimo. Un claro ejemplo de estas canciones reza: “[Dios] llévame a ese lugar donde lo de alrededor no importa, es donde necesito estar. Llévame”[11]. La letra de las canciones es lo que se memoriza más fácilmente: nadie recuerda siquiera el tema de la reflexión bíblica luego de un mes; sin embargo, casi todos se aprenden las canciones. Por tanto, es imprescindible revisar la teología de lo que cantamos y, consecuentemente, dejar de cantar aquellas canciones que bien desdibujan la imagen de Dios, o atentan contra el espíritu comunitario. Otra característica a eliminar es la emotividad “de ojos cerrados”. Debemos abogar por una espiritualidad “de ojos abiertos” a la comunidad y el mundo.

En segundo lugar, es imprescindible igualar el nivel de todos los creyentes a la hora de cantar (así como de cualquier otra actividad cultual). No puede haber una distinción de importancia, exacerbada desde lo simbólico mediante la disposición espacial, entre los músicos y el resto de la gente. Debemos terminar con la centralidad que supone un escenario e implementar modelos circulares en donde los músicos son parte de la ronda (y por ende no se ubican nunca en medio). De esa manera, no sólo se acaba con la diferenciación de unos y otros, sino que además se logra que todos se miren a la cara, en vez de ver sólo la nuca de quien está adelante. Esta simetría espacial hablará por sí misma acerca de la importancia de lo comunitario. Ya no se tratará de un grupo que busca entretener al resto (espectáculo), sino de un producto de todos y todas.

En tercer lugar, debemos buscar una participación activa de y entre todos los presentes al momento de cantar. Esto no tiene que ver con obligar a nadie a aplaudir, saltar, arrodillarse o realizar una acción particular, sino con tener presente que es en la actividad comunitaria en la que nos reconocemos hermanos y hermanas y nos dirigimos a Dios. El canto congregacional así debe ser entendido: con la libertad para que cada uno lo celebre como quiera, pero con la responsabilidad de hacerlo siempre entre todos y todas.


NOTAS:
[1] BAUMAN, Zygmunt. Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil. Siglo XXI. Argentina, 2003. Pág. 9.
[2] BAUMAN, Zygmunt. Op. Cit. Pág. 175.
[3] La figura es un elemento que existe en un espacio o “campo”, destacándose en su interrelación con otros elementos; mientras que el fondo es todo aquello que no es figura: es la parte del campo que contiene elementos interrelacionados que sostienen a la figura y que por su contraste tienden a desaparecer.
[4] La posición relativa de los diferentes elementos incide sobre la atribución de cualidades de los mismos.
[5] Los elementos tienen a agruparse con los que se encuentran a menor distancia.
[6] Cuando concurren varios elementos de diferentes clases, hay una tendencia a constituir grupos con los que son iguales. Si las desigualdades están basadas en el color, el efecto es más sorprendente que en la forma. Abundando en las desigualdades, si se potencian las formas iguales, con un color común, se establecen condicionantes potenciadores, para el fenómeno agrupador de la percepción.
[7] RAMOS, Luiz Carlos. ¡Luces, cámara, predicación! Principios, medios y fines de la homilética espectacular. Apunte.
[8] RAMOS, Luiz Carlos. Op. Cit.
[9] BAUDRILLARD, Jean. Cultura y simulacro (La precession des simulacres). Kairos, Barcelona, 1993. Pág. 5-6.
[10] RAMOS, Luiz Carlos. Op. Cit.
[11] DEL BOSQUE, Alejandro y otros. “Llévame”, en Es hora de adorarle. 2000.

Escrito por JONATHAN A. ALY
Domingo, 21 de Agosto de 2011 06:52

El Culto Cristiano - Justo L. González

Probablemente uno de los puntos más débiles en la reflexión teológica contemporánea, sea la reflexión acerca de la adoración. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia nos acercamos a la adoración como si poco o nada tuviera que ver con la doctrina y con la vida de la iglesia. Así, por ejemplo, pasamos largas horas discutiendo el sentido de la doctrina trinitaria, o de la presencia de Cristo en la comunión; pero no le prestamos igual atención al modo en que tales doctrinas se manifiestan en el culto. Si por ejemplo, sostenemos la doctrina de la Trinidad, ¿qué implica eso para el culto? Si sostenemos una posición cualquiera (sea la luterana, sea la reformada, o cualquier otra) acerca de la presencia de Cristo en la comunión, ¿cómo se refleja esto en el modo en que celebramos la comunión, y en el modo en que la relacionamos con el resto del culto? No se trata de preguntas ociosas. Como historiador de la doctrina cristiana, estoy consciente del viejo principio, lex orandi est lex credendi, que implica, en pocas palabras, que el modo en que la iglesia adora a la postre se vuelve lo que la iglesia cree.

Cada vez más nos percatamos de que el estudio del desarrollo de las doctrinas cristianas, requiere el estudio del desarrollo del culto. En consecuencia, la historia de la liturgia, que antaño fue un campo de estudio relativamente desconectado de la historia de las doctrinas, ahora se incorpora como campo necesario de estudio para quien desee comprender el modo en que el pensamiento cristiano ha evolucionado a través de los siglos. Es por ello que resulta tan trágico el hecho de que pastores y otros dirigentes eclesiásticos, al tiempo que se preocupan sobremanera por la ortodoxia teológica, le presten tan poca atención al culto y al modo en que refleja o no esa ortodoxia. Necesitamos prestarle mayor atención a la adoración, si hemos de evitar una iglesia, no sólo débil, sino hasta errada en su teología. Veamos algunos ejemplos.

El Espíritu Santo en la Adoración - Jorge Aguirre

¿Cuáles son las razones que nos motivan a detenernos en un tema como este? ¿Por qué hoy se hace cada vez más un motivo no solo de interés sino también de extrema necesidad el conocer el rol que tiene el Espíritu Santo en la adoración de la iglesia?

Creo que existen básicamente dos razones para que hoy se siga discutiendo entre los círculos cristianos este tema. Por un lado, está el criterio apologético que cierto sector de la cristiandad asume. Este sector entiende que se ha caído en prácticas que no son coherentes con las que las Escrituras (o la tradición bautista) entienden como correctas, sienten que se ha incurrido en excesos bajo el estandarte de que el Espíritu Santo ha iniciado una renovación en la iglesia teniendo como su instrumento la adoración. Suena como si este sector dijera: “¡Qué se habrán creído estos para decir y hacer estas cosas en el nombre del Espíritu Santo!”

La adoración y Jesús - Juan Carlos Cevallos

El pueblo bautista latinoamericano disfruta de muchas bendiciones, pero adolece de crisis de identidad. En la “adoración” es uno de los “sitios” donde más padecemos esta crisis. En gran medida se puede deber a que parece que desconocemos algunos de los principios bíblicos de una adoración genuina. 

Esta falta de conocimiento se puede ver cuando confundimos “adoración”, y “alabanza” o “expresión-respuesta”. Nos detenemos en lo segundo pasando por alto lo primero. Esto se puede ver en algunos “cultos tradicionales” y también en los “cultos contemporáneos”, en iglesias “muertas” como en iglesias “renovadas”. Debemos saber que las formas nos facilitan la adoración. Nos hemos detenido más en el “cómo” y hemos descuidado el “qué”.

Declaración de Niterói sobre adoración

Nosotros, seguidores de Jesucristo, llamados bautistas, procedentes de dieciocho países, reunidos en Niterói, Río de Janeiro, del 15 al 18 de marzo del 2000, bajo los auspicios de la Unión Bautista Latinoamericana (UBLA), con el apoyo de la Alianza Bautista Mundial (ABM), presentamos la siguiente declaración, portadora de nuestras convicciones acerca de la naturaleza e importancia de la adoración y de la realidad que percibimos, haciendo un llamado al pueblo bautista de América Latina.

Nuestras convicciones

1. Al igual que nuestros hermanos y hermanas reunidos en el Congreso Mundial de Adoración en Berlín, del 15 al 18 de octubre de 1998, afirmamos nuestra fe en el Dios trino y uno y en las verdades expresadas en el Credo de los Apóstoles. Al mismo tiempo, consideramos importante reafirmar aspectos fundamentales de esta fe.
2. Creemos en Dios, creador del universo, que se ha revelado en su Palabra y en Jesucristo y permanece activo en el mundo, en la iglesia y en nosotros los seres humanos, por su Espíritu. El es el único digno de ser adorado, por su poder, su santidad, la grandeza de su obra creadora, su providencia y su obra redentora a favor del ser humano. El está formando un pueblo que al reconocer agradecido su grandeza y santidad, le honre con su vida y sus palabras.
3. Creemos en Jesucristo quien tomó forma humana para revelarnos el amor y el propósito salvador de Dios, y nos enseñó que la verdadera adoración consiste en la obediencia de una vida consagrada a la misión y el servicio, aun hasta la muerte. Por su obra en la cruz podemos acercarnos a Dios como Padre y nos reconocemos como hermanos formando un nuevo pueblo, cuya comunión trasciende todo tipo de barrera: un pueblo cuya adoración es aceptable a Dios en el nombre de Cristo.

Formas históricas de renovación y alabanza - Samuel Escobar

Todo movimiento de renovación en la historia de la iglesia deja huellas en la memoria cristiana por medio de formas de adoración y alabanza contextual tales como la música, la poesía y ciertas formas de culto. Nuestros himnarios constituyen un testimonio vivo de ese proceso histórico al cual queremos prestar atención brevemente. Los himnarios son el tipo de instrumentos que nos permite practicar la adoración a Dios tomando conciencia de que somos un pueblo cuya memoria colectiva es fuente de inspiración para el acto de adoración en el presente. Por vía de ilustración, en este trabajo he tenido a mano uno de los himnarios bautistas más difundidos en el mundo de habla hispana, y encuentro en sus páginas numerosos ejemplos que provienen de los movimientos de renovación a los cuales voy a hacer referencia.

Para el pueblo de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos, los tiempos de renovación espiritual significan momentos en los cuales se recupera una conciencia colectiva de la santidad de Dios, de su trascendencia, del hecho maravilloso de su revelación a los seres humanos, y de su poder para vivificar a la iglesia y convertir a los pecadores. La adoración, al igual que todo otro aspecto de la vida cristiana, puede pasar por períodos de fatiga y rutina en los cuales la vida del pueblo de Dios parece ser nada más que la repetición de un ritual frío y formalista. Los movimientos de renovación suelen ser movimientos por medio de los cuales la iglesia recupera su visión y su dinamismo espiritual, regresa a las fuentes de la fe, es purificada de los males que resultan de un formalismo frío que ha perdido la presencia del Espíritu y el gozo de la vida cristiana. Generalmente esta renovación lleva a un nuevo sentido de adoración a Dios y una renovada toma de conciencia de la misión; gracias a ella la iglesia puede enfrentar nuevos tiempos históricos y cambios culturales con nuevas estructuras y nuevas formas de adoración, proclamación, pastoral y servicio.

Elementos constitutivos de una teología de la adoración - Tomás Mackey

I. DIOS
1. Dios es digno de ser adorado (Sal. 145:3; Apoc. 5:12, 13, 14). En esencia la adoración es la centralización de Dios. “La adoración, en todo nivel, siempre significa Dios y la prioridad de Dios”.(4) Dios es adorado por él mismo y no como un medio para algo. Cambiar esta motivación puede convertirlo en un ídolo. Dios es adorado porque es Dios. Esto es lo que da sentido a la adoración. Dios confronta al ser humano y lo desafía a adorarle (Mateo 4:10). Este hecho es el más importante de la vida de toda persona.

2. Dios es la fuente y el sostenedor de la vida; de allí que la vida alcance su verdadero sentido en él (Sal. 73:25, 26). La adoración, pues, tiene como propósito guiar la vida a Dios y facilitar, de este modo, su apertura frente a la presencia del Todopoderoso.

3. La adoración es gratitud, es reconocimiento del don de la vida y de todo lo que se ha recibido (Sal. 145). La adoración es el reconocimiento de que todo don perfecto viene de Dios. Adorar es apreciar la vida, su autor y su sustentador. Al adorar, la persona reconoce que Dios es el soberano de quien depende; al mismo tiempo descubre su interés personal y la manera en que actúa. “La adoración es la celebración dramática de Dios en su dignidad suprema, de manera que su ‘dignidad’ se convierta en la norma e inspiración del vivir humano”.(5)

"Hacer liturgia inclusiva..." - Edwin Mora Guevara

La actitud inclusiva de Jesús de Nazareth para con las mujeres y otros grupos discriminados en la sociedad judía, resultaba escandalosa para sus contemporáneos. Esta actitud se traducía en acciones concretas hacia estos grupos: hablar con ellos/as, comer juntos, visitarles, escucharles, bendecirles, sanarles, instruirles, y en especial validarles afirmándolos/as en su identidad como personas.

Asumir una actitud implica asumir una postura frente a algún aspecto de la realidad, que conlleva una disposición del ánimo con manifestaciones exteriores en el lenguaje, en los gestos y la conducta. Tanto la inclusividad como la exclusión frente a algún grupo humano son actitudes que conllevan manifestaciones a nivel simbólico, a nivel de pensamientos (lenguaje y discurso), a nivel emocional (sentimientos) y a nivel de acciones (comportamiento o conducta). Todas las actitudes son aprendidas ya sea por aprendizaje social, por identificación con otras personas, o por instrucción directa adoptando roles sociales (Johnson, 1993). La modificación de una actitud consiste en la inversión de esta cuando es negativa o en la intensificación de la misma cuando es positiva. En este caso la evidencia evangélica nos muestra que la actitud excluyente es negativa y ajena a los principios fundamentales del reino de Dios y de la espiritualidad cristiana, basada en Jesús y su mensaje.

La adoración y la Biblia: Algunas consideraciones bíblico-teológicas - Miguel Angel Darino

Se ha dicho, y con acierto, que la adoración es la razón de ser de la Iglesia de Cristo. W. T. Conner escribió: "El primer negocio, pues, de la iglesia no es la evangelización, ni las misiones, ni la benevolencia; es la adoración. La adoración a Dios en Cristo, debería estar en el corazón de todo lo que la iglesia hiciera. Es el resorte principal de toda la actividad de la iglesia". Esto concuerda con la revelación bíblica donde se nos dice muy enfáticamente que la iglesia existe "para la alabanza de Su gloria" (Efesios 1:6)

La iglesia, por otro lado es llamada a rendir una liturgia (Adoración) continua a Dios, que es camino hacia el crecimiento espiritual, tanto personal como corporativo (Romanos 12:1-2, I Pedro 2:9-10). Personal porque el trato primario de Dios es a nivel individuo y corporativo porque la experiencia de adoración involucra no sólo aspectos psicológicos, sino sociales, culturales e históricos. Estas dos cosas son inseparables. Muchas veces la vida litúrgica, es decir, la práctica cultual de nuestro pueblo no es una manifestación de la realidad de la vida, sino que se reduce a un conjunto de prácticas religiosas separadas de la realidad, que no son otra cosa que una artificiosidad, es decir, solamente una actividad que realizamos por costumbre. Se pierde muchas veces de vista el hecho de haber sido llamados para vivir "para alabanza de su gloria". No debiéramos adorar para mantener una actividad en la iglesia, ya que esto estaría colocando la actividad como el asunto de primer orden y la adoración como secundaria. Primordialmente la adoración es nuestro reconocimiento de lo que Dios es; es nuestra respuesta por amor y no por el bien que El nos pueda hacer.

La Música como un Instrumento para la Pastoral y la Paz - Joan M. Parajón

“Cantar es alabar. Cantar es orar. Cantar es exaltar el nombre de Dios. Cantar es testificar de su poder para salvar. Cantar es expresar el amor y gratitud. Cantar es mostrar nuestra confianza en él”.1

“Desde los días de las alabanzas antifonales en el templo hebreo, todos los grandes movimientos religiosos han encontrado expresión e inspiración en alguna forma de música. La música nació en la iglesia y presenta su mensaje más efectivo cuando es empleada en el servicio de la religión. Se ha dicho muchas veces que la religión ha de cantar o morir”. 2

La música tiene un impacto y una influencia muy grande sobre toda la vida humana. Tiene mucho poder en el mundo y poder para cambiar vidas en la iglesia. La música puede llevar a los hombres, las mujeres y los niños a una vida mejor. Es capaz de estimular emocionalmente a todos a tomar decisiones importantes hasta una decisión para aceptar a Cristo. Es capaz, también, de quitar la tristeza y reponerla con alegría y paz. Sobre todo la música pura nos eleva a altos niveles en lo moral y lo espiritual. La música ha tenido una parte grande en todos los avivamientos. Juan Calvino ha dicho: “Y en verdad sabemos por experiencia que el canto ha tenido una gran fuerza y vigor para mover e inflamar los corazones de los hombres a invocar y alabar a Dios con un celo más ardiente y vehemente”.3

Las influencias culturales en la teología y los estilos de adoración - Dinorah B. Méndez

La adoración es la respuesta del ser humano a lo que Dios es y hace. La palabra proviene del latín y expresa la idea de reverenciar y honrar con sumo honor, amar en extremo y van implícitas las ideas de mérito, valía, consideración, importancia, dignidad, excelencia y precio; por lo tanto la adoración significa reconocer y declarar la excelencia de Dios (Bartley, 179; Nelson, 7-12).

La experiencia de adoración es aquella en que el que adora siente la santidad y majestad del Señor y responde a sus requerimientos en obediencia y amor. Es una experiencia espiritual en la que el que adora entra en comunicación espiritual con el Dios tres veces santo. Es una relación entre Dios y el ser humano que hace que nuestro lenguaje resulte insuficiente para expresarla. Pero ese encuentro es el punto de partida para desarrollar una mejor y mayor comprensión de la naturaleza de nuestro Dios. Por eso se puede decir que la adoración es un arte, o una disciplina, que requiere tiempo y dedicación para perfeccionarla. En vez de que "cada uno haga lo que bien le parezca" en la adoración es imprescindible que el adorador conozca todo lo posible del Dios a quien él adora y, en segundo lugar, que entienda su propósito general y particular para su vida. La Biblia es la única fuente objetiva y confiable para lograr este conocimiento. Por lo tanto, la disciplina rigurosa del estudio bíblico va mano a mano con la práctica de la adoración que agrada a Dios (Bartley, 195; Nelson, 8-11).

El culto cristiano - Nilson do Amaral Fanini

La primera misión de las iglesias es el culto. Todos los otros aspectos dominantes son motivados por el culto y sin el culto la iglesia se muere. El propósito de este Congreso de Adoración es teológico y práctico. Se proyectó para interpretar el significado del culto y proveer orientación para planear y dirigir el culto.

El culto es un fin en sí mismo. Karl Barth declaró que “el culto de la iglesia es el OPUS DEI, el trabajo de Dios que es cumplido para su propio fin”. Cuando usamos el culto con otros propósitos deja de ser un culto. Adoramos a Dios exactamente con el fin de adorar a Dios.

Dar culto es:
  • Reavivar la conciencia de la santidad de Dios.
  • Alimentar la mente con la verdad de Dios.
  • Abrir el corazón para alabar a Dios.
  • Someterse a la verdad y al propósito de Dios.
El culto no es una invención humana, mas es una ofrenda divina. Dios se ofrece en una relación personal si nosotros respondemos. La ofrenda divina de amor provoca nuestra respuesta a través de la adoración.

La música y la adoración: ¿amigas o enemigas? - Joel Sierra-Cavazos

La relación entre la música y la adoración ha sido parecida a un romance intenso que a veces es de muy dulces y gratos momentos, pero a ratos se molestan, se separan y parecen irreconciliables. Hoy en día hay grupos que consideran que cantar no debe formar parte de las reuniones (que son solo "estudios", y no cultos) y otros que llenan de música sus cultos de adoración a tal grado que no cabe otra cosa. 

Hace apenas poco más de un siglo había denominaciones que se partían en dos completamente, y todo por el tema de si se debían usar instrumentos musicales o no. En el tiempo de la Reforma hubo quienes tomaron posturas extremistas contra la música en la iglesia, como Zwinglio, el destructor de órganos de catedrales. Como vemos, la difícil relación entre música y adoración ha acompañado al pueblo de Dios por muchos siglos; no es nada nuevo. Parece evidente que en el tiempo del Nuevo Testamento los cristianos de origen judío prefirieran los salmos, expresión de la poética hebrea; mientras que los de origen griego se sintieran más cómodos cantando himnos, una forma literaria griega. 

El mensaje como centro y convergencia del culto - Fausto Aguiar de Vasconcelos

1. Declaración de un compañero de ministerio en 1989: “La próxima gran crisis de la denominación será en relación con la adoración”.

2. A los pocos años, se podía observar el movimiento de una masa flotante de participantes en los cultos, independente de la denominación, participando de cultos en distintas iglesias a lo largo de la semana, hecho que se ha acentuado en los últimos años. Al principio, la motivación parece no tener nada que ver con carencia doctrinal, sino estar asociada con una aspiración por un perfil litúrgico más dinámico y relevante incluso en la expresión del lenguaje corpóreo.

3. Nosotros, los bautistas, no seríamos la excepción. Luego, la realización exitosa del Primer Congreso Bautista Mundial de Adoración, en Berlín, en octubre de 1998, así como la extraordinaria adhesión a este Primer Congreso Latinoamericano Bautista de Adoración.

4. Los bautistas brasileños les agradecemos a la ABM y a la UBLA el habernos concedido el honor y el privilegio de ser sede a este evento.

5. El tema que a mí me ha sido confiado – “El mensaje como centro y convergencia del culto” – trata de reflejar una aproximación históricamente conflictiva, para no decir apasionada, sobre la pugna que a veces se produce en la iglesia, entre el ministerio pastoral y el ministerial musical. Es el tipo de afirmación para la que existen dos reacciones: sí y no. Para unos, el mensaje es el centro y la convergencia del culto; para otros, no lo es. Por ello, en un primer momento, el tema dispensa cualquier conferencia, porque difícilmente se llegará a un punto final. Sin embargo, se me ha encargado hablar, y es lo que toca hacer.

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